De niños vampiros, monstruos y armarios sin fondo

La casualidad o el subconsciente colectivo -que no es tan subconsciente ni tan colectivo- han querido que este año las carteleras exhibieran, casi al mismo tiempo, dos obras que desde su inmediata inserción en el portarrollos de los proyectores de los cines, se han convertido en clásicos instantáneos del terror infantil celuloideo:

"Déjame Entrar" (Tomas Alfredson) es un poema helado y sumergido en la noche infinita del Ártico, a la infancia críptica de los niños raros que, obligados a construir su propio mundo de referencias ajeno a la manada que los rechaza, como el pequeño protagonista, terminan por hacerse amigos de los monstruos por miedo a la gente normal.

"Coraline" (Henry Selick) incide en la soledad de una imaginativa niña respondona, como vía de escape hacia otro mundo oculto en un viejo armario, donde la felicidad perfecta, esculpida en cartón piedra, no suple los puntos de fuga de una infelicidad real. Lectura personal: sin un quántum de frustración y desajustes, la vida deriva en ataraxia, en anestésico sin emoción alguna. Son los contrastes los que hacen que los buenos momentos brillen con respecto a la rutina.

Y por si esto no les sacia y/o tienen ganas de más, pueden hacer cábalas sobre cómo será la nueva película de Spike Jonze ("Where The Wild Things Are"), cuyo avance, trailer, teaser o como quieran llamarlo, anticipa lo que parece un cuento de monstruos para mayores, con ecos de las viejas producciones de fantasía de los ochenta y sountrack de Arcade Fire.

 

Inencontrable Eduardo Haro Ibars

Exiliado a la fuerza, y para siempre, del mundo de los sentidos -que tanto exprimió- a la temprana edad de 40 años, Eduardo Haro Ibars (Madrid, 30 Abril 1948 - 16 Agosto 1988) fue un vividor -y, en consecuencia, un poeta- extremo, que exploró, palmo a palmo, los recovecos del deseo, el abandono, el éxtasis y la desesperación, ganándose a pulso la etiqueta de maldito y anómalo, en una España represiva y acusatoria, que lo mantuvo al margen por su sexualidad desprejuiciada y su manifiesta adicción a la heroína.

Autor del primer ensayo sobre el glam publicado en España (Gay Rock), precursor del estilo Escohotado (¿De Qué Van Las Drogas? fue un hito de la literatura underground), letrista puntual de la Orquesta Mondragón, compañero de fatigas del joven Leopoldo Panero… Eduardo fue todo eso y mucho más.

 

Su poesía, a la sombra del Burroughs más experimental, y aún hoy en día marginada por las grandes editoriales, resulta prácticamente inencontrable. Por eso, propuestas como la del siguiente link, que recoge la obra poética completa de Haro Ibars, representan una alternativa al imperativo comercial de la política de ventas más que necesario:

http://books.google.es/books?id=boRwhzrk4xAC&dq=eduardo+haro+ibars&printsec=frontcover&source=bl&ots=F30JUGUE-6&sig=pucBmVCSniJsrOGDrGMIJb_9wkk&hl=es&ei=A6gKSqLSE8GO-AacyrHsCw&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=7#PPP1,M1

Entrevista a Marina (Klaus & Kinski)

Marina Gómez (Murcia, 1980) es la parte femenina de Klaus & Kinski, grupo de pop místico murciano que canta a el Cristo del Perdón, las autovías de interior y el spleen palentino. En esta ocasión habla en exclusiva para Onorama sobre el Más Allá…

Mi definición de "terror infantil" era ver la bañera de casa de mis padres, después de que mis hermanas se pasaran horas en ella, sembrada de muñecas "barriguitas" flotando boca abajo. ¿Cuál era la tuya?

Le tenía pavor a un tapiz de punto de cruz que hizo una antepasada mía que luego se metió a monja. Lo dejó inacabado, con un hilo colgando. Estaba colgado en el cuarto de invitados y ni me atrevía a entrar ahí. 
 
¿Cuál era la peli que más miedo te daba de pequeña?
Pues me dió mucho miedo una que vi de aventuras infantiles en la que unos chicos encontraban un anillo en un tapiz inacabado de una antepasada de ellos (y no es coña). Luego se les aparecía la muerta y les hacía buscar en un río… Ufff, qué miedo de acordarme.
 
Vuestro disco contiene un montón de referencias esotéricas: vírgenes, Menguele, La Madre Teresa… ¿Crees en los OVNIS?, ¿los fantasmas?, ¿las caras de Bélmez?
Sólo de pensarlo me entran escalofríos… es que soy una miedosa patológica. Una vez escuché una psicofonía sin querer en la radio y me pasé meses yendo al baño acompañada. La psicofonía decía "A-DI-MEN-SIO-NAL". Brrrr.
 
¿Has hecho alguna vez la ouija con las amigas del pueblo en verano (todo un clásico del levante español)?

Sí, pero me di cuenta de que uno hacía fuerza con el dedo y perdió la gracia.
 
¿Ves cine de terror a día de hoy? ¿Te mola más el terror "psicológico" o el de monstruos?

No veo cosas de miedo, ni siquiera a Iker Jiménez. Fíjate que ni he visto El Resplandor y Twin Peaks lo veo siempre acompañada.
 
Hablando de monstruos, vosotros habéis adoptado el nombre de un auténtico "monstruo" de la interpretación: Klaus Kinski. ¿Cuál es tu peli favorita de él? ¿Qué te parece como personaje?

He visto pocas del señor Kinski. Supongo que las mejores son Aguirre y Nosferatu, pero yo voy a decir Doctor Zhivago, que por lo menos está de secundario y da menos miedo. Yo creo que si estuviera vivo no le haría nada de gracia que usáramos su nombre. Ahora que lo pienso, seguro que me ha mandado alguna maldición de ultratumba y por eso tengo tan mala suerte.

O Willow Waly

Uno de los momentos más acojonantes de la historia del cine de susto, es la intro de Los Inocentes (Jack Clayton, 1961), un prodigio de orfebrería victoriana que comienza con la pantalla del cine en negro absoluto, y los primeros compases de la oscura tonada infantil "O Willow Waly" en boca de la niña protagonista, Flora. La canción, una nana elegíaca sobre la pérdida del amor, tiene un punto bucólico y a la vez siniestro, al igual que el entorno donde se desarrolla la trama: una mansión en plena campiña inglesa, rodeada de campos y luz por el día, y oscuridad y sombras cuando cae la noche. La metáfora del limbo en la tierra -saqueada por Amenábar en Los Otros, un calco de esta adaptación del clásico de Henry James "Otra Vuelta De Tuerca"-, eje del film de Clayton, adquiere tintes poéticos al funcionar -a posteriori- como puente entre los niños y la pareja de sirvientes con el alma encallada en nuestro mundo.

We lay my love and I beneath the weeping willow.
But now alone I lie and weep beside the tree.

Singing "Oh willow waly" by the tree that weeps with me.
Singing "Oh willow waly" till my lover return to me.

We lay my love and I beneath the weeping willow.
A broken heart have I. Oh willow I die, oh willow I die

Les dejo con el link: http://www.youtube.com/watch?v=IPUKQ_ejjp0

Las navidades malrolleras de Phoebe Cates

Hoy en día el mainstream acaramelado que domina el mundo, a base de blockbusters biempensantes para la mayoría neoliberal, no permitiría que una película navideña como "Gremlins" incluyese una hostia en forma de speech cortarrollo, como el abajo pronunciado por el personaje interpretado por Phoebe Cates, en una de las secuencias más chocantes de la película. Bad vibs puras con sonido de cascabeles navideños:

“Era Nochebuena. Tenía nueve años. Mi madre y yo decorábamos el árbol y esperábamos a papá. Pasaron un par de horas. Y papá no volvía. Mamá llamó a su oficina. La policía inició la búsqueda. Pasaron cuatro o cinco días. No podíamos comer ni dormir. Todo se nos venía encima. Afuera nevaba. La casa estaba fría, así que fui a encender el fuego. Fue cuando noté el olor. Vinieron los bomberos y abrieron la chimenea. Mamá y yo esperábamos encontrar un gato o un pájaro muerto. Pero sacaron a mi padre. Iba vestido de Papá Noel. Quiso bajar por la chimenea con los brazos llenos de regalos. Para darnos una sorpresa. Resbaló y se rompió el cuello. Murió en el acto. Así me enteré de que Papá Noel no existía.”

El Eternauta

Anoche, con las meninges heladas bajo el pelo encrespado, como las de los muertos, soñé que nevaba sobre mi ciudad durante días; una nevada eterna que caía hasta cubrirlo todo de una capa densa y radiactiva. El maná en forma de veneno que viniera a hacer tabula rasa con los politicuchos, las instituciones, los vecinos y los perroflauters. En este delirio misántropo me hallaba, imbuído de la lectura del clásico del tebeo argentino "El Eternauta", cuando desperté en el mundo ordinario y a colores en el que vivo. Pataleé, emití gruñidos primitivos y me agarré al lomo del cómic, deseando que todo fuera en blanco y negro otra vez, que los invasores hicieran barricadas en las calles que conozco de memoria de los barrios donde he crecido. Que las máquinas extraterrestres camparan a sus anchas chafando coches y personas en los paseos peatonales del centro, el estadio de fútbol y las universidades. Pero mis plegarias no fueron atendidas. Me volví a dormir, con la trama aún "caliente" en mi cabeza y el corazón adolescente, reavivado por el fuelle del tándem Oesterheld-Solano, enfebrecido por el último tebeo que me ha hecho flipar de verdad, y soñando con el Holocausto universal.

Momentos de pop excelso (3): “House Of Lies” de The Shortwave Set

Mágica y perfecta, a lomos de una voz etérea y psicofónica, "House Of Lies" se diluye desde el primer instante, de un modo delicado, cayendo a cámara lenta en el limbo. The Shortwave Set sería la banda sonora ideal para una nueva recreación del mito de Las Vírgenes Suicidas en celuloide. Si las hermanas Lisbon resucitaran, la fiesta de reentré en el sótano tendría este soundtrack, fijo.

http://www.lastfm.es/music/The+Shortwave+Set/_/House+of+Lies

Pop impúber

Antes de la era de lo políticamente correcto, se hacía un pop para niños educados en el buen gusto y la expresión de sentimientos e ideas propias de su edad y su mundo. Hoy en día se trata, en líneas generales, de explotar pequeñas réplicas a escala uno diez del putón o el latino moderno de turno que triunfa en el concurso basura de la temporada (véase el caso de la niña monstruo Melody, que parece que haya probado la farlopa antes de los ocho años), construyendo, en definitiva, la banda sonora del futuro comprador masivo de mainstream. En Onorama nos negamos a pasar por el aro de aguantar a los niños propios y ajenos tarareando mierdas de tal calibre. Es por ello que proponemos una sana alternativa a la zafiedad imperante:

YMCK "Family Racing". Este trío nipón de nombre impronunciable factura unas melodías áltamente adictivas bajo la forma de lo que se ha dado en llamar "chiptunes", o lo que es lo mismo, música de 8 bits generada por ordenador. Sus temas suenan como las sintonías de los viejos programas de la Atari o la Nintendo, y retrotraen al oyente a la edad dorada de los arcades. Coches de choque, dragones, montañas rusas, red baloons y pixels, muchos pixels. Insert coin.

The Banana Splits. La NBC parió en 1968 un show de muñecos de trapo altamente bizarro, con un soundtrack fantástico y abracadabrante, que lo mismo transita por el soul de juguete, el lirismo ampuloso de Scott Walker niño, o los Who más rabiosamente teen. Adictivo como un atracón de tigretones lisérgicos, The Banana Splits son el grupo infantil prefabricado perfecto; un cruce entre los Monkees y unos Slipknot para críos en lo físico, que no desmerece nada si se le compara con otros intentos de bubblegum de la época. Pueden encontrarlo reeditado en vinilo en su catacumba de discos favorita. 

Kitty Daisy & Lewis. Tres hermanitos que parecen unos teenagers la mar de formales sacados de una película americana de los 50, y que facturan un rock and roll que es puro Sun Records, rescatado con la máquina del tiempo de la era atómica. Hijos de la que fuera batería en los Raincoats, grupo clave del punk británico en los 80, estos jovenzuelos londinenses exhiben con propiedad tupé y actitud rockabilly en un disco debut que es toda una delicia y que demuestra, una vez más, que el pop no tiene edad… o al menos no más de la necesaria para comprar tus propios batidos de fresa en el drive-in. Compruébenlo en su site: http://www.myspace.com/kittydaisyandlewis

Vainica Doble: "Sus Primeras Grabaciones Para Ópalo". Nunca nadie habló a los niños en este país de una manera tan directa y despojada de gilipollez. El encanto de Vainica reside en conjurar el espíritu de los plásticos del underground más rabiosamente moderno (Barrett, Kinks, Beatles, etc) al servicio de la tradición cuentista española. Entre Calleja y Ray Davies hay un punto medio, que lejos de ser moderado, despliega las más altas cotas de encanto y maravilla de ambos. Es el mundo de Gloria y Carmen.

The Bugaloos. Un sólo álbum bastó a los Bugaloos para hacerse un hueco en la psique del americanito medio allá por 1970, cuando se emitió por televisión su primera y única temporada. Reivindicados en años posteriores -lo bueno si breve, dos veces pop- el show televisivo de estos insectos psicodélicos, con pinta de haberse zampado todas las producciones de la Costa Oeste, era un delirio colorista y sinfónico lleno de temas chiclosos y rebosantes de jalea real. A mitad camino entre el mainstream accesible para todos los públicos de los Carpenters, y el sonido prefabricado -pero con alma- de los grupos de músicos de estudio del momento (a saber, Roger Nichols & The Small Circle Of FriendsSagittarius, etc) los Bugaloos fueron un experimento demasiado bizarro y delicado como para sobrevivir hasta la siguiente primavera. Rastreenlos por el youtube. No se arrepentirán.

The Jackson Five "ABC". Auspiciados por los hit-makers del sello Motown (el ente de compositores sin rostro que integraba la llamada The Corporation) los Jackson Five fueron una versión para niños -y no tan niños- del sonido que el sello de Detroit venía ofreciendo desde finales de la década de los cincuenta. Soul, Funk y R&B se entremezclaban de una manera trepidante y mega pinchable, en un debut trufado de singles negroides como Ferreros Rochet inyectados de café. Drogas, delirios psicopatológicos, pugnas internas y todos los excesos posibles, terminaron con la hermandad Jackson en apenas siete años.

La Casa Azul: "Tan Simple Como El Amor". Antes de la revolución sexual, Guille Milkyway tendió un puente entre Parchís y los Archies; un puente sólido y lleno de detalles, con el perfeccionismo de un Brian Wilson metódico y empapadísimo de vinilos ultrarraros, dispuesto a hacer uso de todos los ingredientes que integraban su cocina mágica, al servicio de la melancolía y la ilusión adolescente. La lírica de Guille es un contrapunto bipolar a unas melodías luminosas, eternamente teens, que picotean de aquí y allá, revisitando la historia oculta del pop en esta opus magna que, a día de hoy, sigue siendo la cima creativa de La Casa Azul. Ha llegado el camión de los helados, niños.

Desmontando al Joker

 

“Tengo unas pautas para ti si vas a estar en el proceso. Hay algo que quiero que hagas. Son tres cosas. Una: No lo quiero ver en ese traje. Dos: No quiero verlo volar. Y tres: Debe luchar con una araña gigante en el tercer acto”. John Peters a Kevin Smith, acerca del proyecto Superman Reborn

Ahora que el actor de nombre impronunciable Heath Ledger (1979-2008) anda criando malvas (o incinerado, a la manera brit), parece ser que resuenan trompetas de Óscar en torno a su inapropiada encarnación del personaje del Guasón, como dicen los sudacas, en la enésima secuela de la franquicia del hombre murciélago. Como el primo lejano de Forrest Gump de la novela de Kosinski (el prota de la fundamental "Desde El Jardín", encarnado por Peter Sellers en el cine), el único mérito de Ledger es haber estado en el sitio adecuado haciendo lo mínimo: dosificando los gestos y pataletas del Joker de un modo zen, despojado de gadgets, con retazos de discurso anarco mal estructurado (resulta muy coñazo su excesiva apelación al Kaos, con ka de burro), y recreándose en la dimensión psicopatológica del personaje. La moda de la deconstrucción postmoderna, maravillosamente sintetizada en el encabezamiento de arriba, dirigido a Kevin Smith, nos trae a un Joker 2.0 andrajoso, cercano al feísmo expresionista de Francis Bacon y mimetizando de manera abiertamente obvia los gestitos y disfraces del fantasma emo que encarnó en "El Cuervo" el malogrado Brandon Lee, con el que comparte elogios desmedidos y adoración post mortem. Pedirle al tebeo un discurso adulto, como de best seller, sólo lleva al ridículo más absoluto, y este Joker serio aburre a las piedras con gafas de pasta. Why so serious?

En cualquier caso, estos lodos vienen de otros polvos de talco. Antes de Ledger, el brasas de Tim Burton (otro que tal baila con los tebeos y el cine), firmaba el principio del fin de su carrera, al menos artísticamente hablando, con la primera adaptación "seria" del tebeo DC (la segunda tenía un pase), naufragando en un puré neogótico. Era el primer Batman, y Jack Nicholson (1937), que es lo mejor de la película, a años luz del registro inexpresivo de Keaton y Basinger (ésta al menos estaba rica), se mostraba sobreactuado y exagerado hasta límites que no volvería a alcanzar en "Lobo", cumbre de su histrionismo gratuíto. Como en esas patochadas donde meten al Dennis Hopper viejo para dar color, Nicholson no para quieto y agobia con bailoteos, solemnidad impostada y salidas de tono innecesarias.

En mi opinión, el cubano César Romero (1907-1994) fue (y es) el Joker más consecuente y terrorífico de cuantos han encarnado al mítico villano tebeístico. En primer lugar, es el más pop y cercano al cómic: hace uso de todo tipo de juguetes absurdos y mortíferos, viste y se disfraza mejor que cualquier pelagatos consagrado de los mencionados arriba, y estuvo encarnándolo durante muchísimo más tiempo, concretamente, de 1966 a 1968. Romero no hace de Joker, es el puto Joker. Y eso se nota, porque lo borda sin aparente esfuerzo. En segundo lugar, el actor detrás del personaje tenía mucho más interés y carisma as a person (ni siquiera hizo falta quitarle el bigote para hacerlo creíble; bastó con pintárselo de blanco España). Miembro de la jetset Hollywoodiense, fue algo más que amigo de Tyrone Power, modelo de alta costura, bailarín, y abrazó hasta su muerte la llamada teología de la liberación -rama izquierdosa del cristianismo, bastión de los jesuítas-. Basta echar un vistazo a un puñado de sus apariciones en la mítica serie para darse cuenta de que no hay color http:/www.youtube.com/watch?v=CjiIHfKwi0Q

El pollo danzante de Stroszek

"Stroszek"
Int: Bruno S., Eva Mattes, Clemens Scheitz, Wilhelm Von Homburg, Burkhard Driest, Clayton Szalpinski, Ely Rodríguez Dur: 115 min

La película que indujo al suicidio al garganta de Joy Division. Herzog dibuja una elipsis sobre los supervivientes de la sociedad de -explotación y- consumo, narrando la historia de Bruno, un músico ambulante que sale de la cárcel, y acoge en su casa a un putón caucásico, chuleado por dos macarras que les hacen la vida imposible. Juntos intentarán dejar atrás la miseria y el chabolismo vertical, y comenzar una nueva vida en una granja de América, pero allí todo se agravará: la joven seguirá vendiéndose a los camioneros por unos pavos extra después del trabajo, y Bruno verá como embargan sus bienes –la casa y la tele, subastadas en una delirante secuencia jaleada por rednecks y hillbillies-. El final muestra a un protagonista fuera de si, con un determinismo protopunk que tras atracar el banco del pueblo para recuperar su dinero, abandona su furgoneta –ardiendo y girando en círculos- para adentrarse en una especie de rudimentarios recreativos, donde unas atracciones mecánicas son accionadas por animales. Bruno las pone en funcionamiento manipulándolas por la fuerza, y las atracciones se ponen a rodar indefinidamente. A continuación pone en marcha un pequeño teleférico, y sube a él de un salto, para suicidarse a continuación, integrándose él también en una figura mecánica cíclica, y dibujando así una bella metáfora sobre la explotación sistemática. Ian Curtis hizo la lectura más extrema posible: él también giraba colgado del techo de la cocina de su casa mientras el furgón ardiendo dibujaba círculos sobre si mismo dentro de su televisor; secuencia recreada en la magnífica peli de Winterbottom “24 Hour Party People”.

Volviendo a los animales, lo mejor de la película, a nivel conceptual, es la escena del pollo danzarín en la máquina de echar duros. Piensen ustedes en sus trabajos y analicen lo que hacen por cuatro perras, y luego intenten echarse unas risas.
http://youtube.com/watch?v=lUcTvhyof8I