Pop impúber

Antes de la era de lo políticamente correcto, se hacía un pop para niños educados en el buen gusto y la expresión de sentimientos e ideas propias de su edad y su mundo. Hoy en día se trata, en líneas generales, de explotar pequeñas réplicas a escala uno diez del putón o el latino moderno de turno que triunfa en el concurso basura de la temporada (véase el caso de la niña monstruo Melody, que parece que haya probado la farlopa antes de los ocho años), construyendo, en definitiva, la banda sonora del futuro comprador masivo de mainstream. En Onorama nos negamos a pasar por el aro de aguantar a los niños propios y ajenos tarareando mierdas de tal calibre. Es por ello que proponemos una sana alternativa a la zafiedad imperante:

YMCK "Family Racing". Este trío nipón de nombre impronunciable factura unas melodías áltamente adictivas bajo la forma de lo que se ha dado en llamar "chiptunes", o lo que es lo mismo, música de 8 bits generada por ordenador. Sus temas suenan como las sintonías de los viejos programas de la Atari o la Nintendo, y retrotraen al oyente a la edad dorada de los arcades. Coches de choque, dragones, montañas rusas, red baloons y pixels, muchos pixels. Insert coin.

The Banana Splits. La NBC parió en 1968 un show de muñecos de trapo altamente bizarro, con un soundtrack fantástico y abracadabrante, que lo mismo transita por el soul de juguete, el lirismo ampuloso de Scott Walker niño, o los Who más rabiosamente teen. Adictivo como un atracón de tigretones lisérgicos, The Banana Splits son el grupo infantil prefabricado perfecto; un cruce entre los Monkees y unos Slipknot para críos en lo físico, que no desmerece nada si se le compara con otros intentos de bubblegum de la época. Pueden encontrarlo reeditado en vinilo en su catacumba de discos favorita. 

Kitty Daisy & Lewis. Tres hermanitos que parecen unos teenagers la mar de formales sacados de una película americana de los 50, y que facturan un rock and roll que es puro Sun Records, rescatado con la máquina del tiempo de la era atómica. Hijos de la que fuera batería en los Raincoats, grupo clave del punk británico en los 80, estos jovenzuelos londinenses exhiben con propiedad tupé y actitud rockabilly en un disco debut que es toda una delicia y que demuestra, una vez más, que el pop no tiene edad… o al menos no más de la necesaria para comprar tus propios batidos de fresa en el drive-in. Compruébenlo en su site: http://www.myspace.com/kittydaisyandlewis

Vainica Doble: "Sus Primeras Grabaciones Para Ópalo". Nunca nadie habló a los niños en este país de una manera tan directa y despojada de gilipollez. El encanto de Vainica reside en conjurar el espíritu de los plásticos del underground más rabiosamente moderno (Barrett, Kinks, Beatles, etc) al servicio de la tradición cuentista española. Entre Calleja y Ray Davies hay un punto medio, que lejos de ser moderado, despliega las más altas cotas de encanto y maravilla de ambos. Es el mundo de Gloria y Carmen.

The Bugaloos. Un sólo álbum bastó a los Bugaloos para hacerse un hueco en la psique del americanito medio allá por 1970, cuando se emitió por televisión su primera y única temporada. Reivindicados en años posteriores -lo bueno si breve, dos veces pop- el show televisivo de estos insectos psicodélicos, con pinta de haberse zampado todas las producciones de la Costa Oeste, era un delirio colorista y sinfónico lleno de temas chiclosos y rebosantes de jalea real. A mitad camino entre el mainstream accesible para todos los públicos de los Carpenters, y el sonido prefabricado -pero con alma- de los grupos de músicos de estudio del momento (a saber, Roger Nichols & The Small Circle Of FriendsSagittarius, etc) los Bugaloos fueron un experimento demasiado bizarro y delicado como para sobrevivir hasta la siguiente primavera. Rastreenlos por el youtube. No se arrepentirán.

The Jackson Five "ABC". Auspiciados por los hit-makers del sello Motown (el ente de compositores sin rostro que integraba la llamada The Corporation) los Jackson Five fueron una versión para niños -y no tan niños- del sonido que el sello de Detroit venía ofreciendo desde finales de la década de los cincuenta. Soul, Funk y R&B se entremezclaban de una manera trepidante y mega pinchable, en un debut trufado de singles negroides como Ferreros Rochet inyectados de café. Drogas, delirios psicopatológicos, pugnas internas y todos los excesos posibles, terminaron con la hermandad Jackson en apenas siete años.

La Casa Azul: "Tan Simple Como El Amor". Antes de la revolución sexual, Guille Milkyway tendió un puente entre Parchís y los Archies; un puente sólido y lleno de detalles, con el perfeccionismo de un Brian Wilson metódico y empapadísimo de vinilos ultrarraros, dispuesto a hacer uso de todos los ingredientes que integraban su cocina mágica, al servicio de la melancolía y la ilusión adolescente. La lírica de Guille es un contrapunto bipolar a unas melodías luminosas, eternamente teens, que picotean de aquí y allá, revisitando la historia oculta del pop en esta opus magna que, a día de hoy, sigue siendo la cima creativa de La Casa Azul. Ha llegado el camión de los helados, niños.

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