El Eternauta

Anoche, con las meninges heladas bajo el pelo encrespado, como las de los muertos, soñé que nevaba sobre mi ciudad durante días; una nevada eterna que caía hasta cubrirlo todo de una capa densa y radiactiva. El maná en forma de veneno que viniera a hacer tabula rasa con los politicuchos, las instituciones, los vecinos y los perroflauters. En este delirio misántropo me hallaba, imbuído de la lectura del clásico del tebeo argentino "El Eternauta", cuando desperté en el mundo ordinario y a colores en el que vivo. Pataleé, emití gruñidos primitivos y me agarré al lomo del cómic, deseando que todo fuera en blanco y negro otra vez, que los invasores hicieran barricadas en las calles que conozco de memoria de los barrios donde he crecido. Que las máquinas extraterrestres camparan a sus anchas chafando coches y personas en los paseos peatonales del centro, el estadio de fútbol y las universidades. Pero mis plegarias no fueron atendidas. Me volví a dormir, con la trama aún "caliente" en mi cabeza y el corazón adolescente, reavivado por el fuelle del tándem Oesterheld-Solano, enfebrecido por el último tebeo que me ha hecho flipar de verdad, y soñando con el Holocausto universal.

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