De niños vampiros, monstruos y armarios sin fondo
La casualidad o el subconsciente colectivo -que no es tan subconsciente ni tan colectivo- han querido que este año las carteleras exhibieran, casi al mismo tiempo, dos obras que desde su inmediata inserción en el portarrollos de los proyectores de los cines, se han convertido en clásicos instantáneos del terror infantil celuloideo:
"Déjame Entrar" (Tomas Alfredson) es un poema helado y sumergido en la noche infinita del Ártico, a la infancia críptica de los niños raros que, obligados a construir su propio mundo de referencias ajeno a la manada que los rechaza, como el pequeño protagonista, terminan por hacerse amigos de los monstruos por miedo a la gente normal.
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"Coraline" (Henry Selick) incide en la soledad de una imaginativa niña respondona, como vía de escape hacia otro mundo oculto en un viejo armario, donde la felicidad perfecta, esculpida en cartón piedra, no suple los puntos de fuga de una infelicidad real. Lectura personal: sin un quántum de frustración y desajustes, la vida deriva en ataraxia, en anestésico sin emoción alguna. Son los contrastes los que hacen que los buenos momentos brillen con respecto a la rutina.
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Y por si esto no les sacia y/o tienen ganas de más, pueden hacer cábalas sobre cómo será la nueva película de Spike Jonze ("Where The Wild Things Are"), cuyo avance, trailer, teaser o como quieran llamarlo, anticipa lo que parece un cuento de monstruos para mayores, con ecos de las viejas producciones de fantasía de los ochenta y sountrack de Arcade Fire.
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